“Próxima estación: …” Desperté soñolienta, abotargada y cansada del eterno viaje. Había pasado las últimas dos horas apoyada en mi jersey sin apenas darme cuenta de que no ocupaba mi cama, sino un incómodo asiento de un tren bastante destartalado. Abrí los ojos y los rayos de luz me obligaron a entrecerrarlos de nuevo, ayudándoles así a que se habituaran a la luz, el color y la vida que parecía estar en ebullición fuera de aquel vagón infernal. Un bebé comenzó a llorar en los brazos de su madre y deseé no estar allí. El hombre que ocupaba el asiento de al lado empezó a inquietarse con el traqueteo constante y alarmante del tren al frenar. No había decidido bajarme allí, ni siquiera tenía una idea clara de cuál era mi destino, pero algo me obligó a agarrar mi mochila de cualquier manera y saltar precipitadamente del tren, incluso antes de que hubiese frenado por completo.
Suspiré aliviada y respiré el oxígeno helado que allí me esperaba. A mi alrededor, una vieja y sucia estación de escalones desgastados y una pequeña caseta de madera que hacía las veces de refugio para el único guarda que allí se encontraba. Era un hombre de unos sesenta años, pelo blanco y gorra roja. Bajo aquellas vestimentas reglamentarias se encontraba un cuerpo bien formado, que daba cuenta del buen pasado que había vivido. Observé cómo encendía un cigarro e inhalaba profundamente sin percatarse de mi presencia. Justo cuando dirigió su perspicaz mirada hacia mi, algo llamó mi atención. Unos niños gritaban excitados haciendo un semicírculo frente a una pared de la estación. Lanzaban piedras y reían a carcajadas, chillaban y corrían de un lado a otro en busca de más armas. Me aproximé apresuradamente dando grandes zancadas y vi presa de la ira cómo la inocente víctima de aquellos bastardos era un perro viejo, que trataba de zafarse de las piedras tapándose tumbado en el suelo o corriendo de un lado para otro buscando una salida que aquellos demonios no le proporcionaban. No recuerdo qué grité y dudo que ellos me entendieran entre tanto jaleo, sólo sé que tras aquel grito, agarré el brazo del niño que estaba más a mi alcance y lo lancé contra el suelo con una fuerza descontrolada. El resto de niños salieron corriendo y gritando cosas ininteligibles. El que sufrió mi rabia, se levantó como pudo y se fue corriendo con una leve cojera sin mediar palabra.
El animal trató de evitarme pero se encontraba ya demasiado débil para huir. Así que tras comprobar que yo no iba a hacerle daño, se dejó hacer. Con las manos temblorosas, examiné las numerosas heridas de su cuerpo y mascullé algún insulto. Miré hacia los lados y vi una chica que, según me dijo después, había presenciado toda la escena. Se acercó presintiendo mi necesidad de ayuda y me indicó dónde podíamos llevar al perro. Lo cogí en brazos y nos dirigimos lo más deprisa que mis piernas me permitían hacia una calle empinada. Pocos minutos después, se paró. Para mi sorpresa, no fuimos a un veterinario, sino a una casa con un gran portón rojo, de madera y muy ajado. Las paredes que lo rodeaban eran de un blanco inmaculado, lo que hacía que la enorme puerta destacara exageradamente, dándole un aire casi irreal. Estaba abierta de par en par, así que me limité a seguir a mi acompañante. Al entrar, la oscuridad me abofeteó y tuve que pararme en seco para saber por dónde iba. “Aquí”, oí a lo lejos. Seguí la voz y entré en una pequeña estancia en la que esperaba un hombre de barba descuidada y grandes manos trabajadas. Me señaló con un leve gesto dónde podía depositar aquel cuerpo magullado. Lo hice con mucho cuidado y me aparté esperando la reacción de aquellos desconocidos. La joven me cogió levemente de la cintura y me guió hacia otra habitación. “No te preocupes, ahora él se encargará de todo.” El pasillo, ancho para ser de una casa humilde, carecía de ningún tipo de adorno en las paredes, sólo era interrumpido por una coqueta vieja, que ocupaba la mitad del espacio y obligaba a pasar con cuidado debido a la estrechez que provocaba. No había reparado en ella hasta ese momento, aunque un minuto antes había pasado por aquel lugar con el animal en mis brazos. Al final del pasillo, una estancia que parecía hacer las veces de aseo. Pulcra pero casi vacía. Una palangana amarilla sobre un saliente de la pared fue donde sumergí mis manos, y entonces me di cuenta de que estaban ensangrentadas. Temblaba. “Je m’appelle Dominique” dijo mientras me quitaba la pesada mochila de los hombros, con tanta soltura que pareció existir una confianza plena entre nosotras. Su voz era sensual, y por primera vez en aquellos agitados minutos, me fijé en su rostro. Llevaba el pelo negro recogido y sonreía. Sus ojos, intensos y del color de la miel, su nariz, grande para ser de una mujer, le imponía carácter, su boca, generosa de formas perfectas y sus pómulos, infinitamente femeninos. “Je suis Francesca” contesté consciente por primera vez del idioma. Me acercó una pequeña toalla y me sequé en ella.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
1 comentario:
La gosa siempre quejándose de quien puede poner comentarios o no. bla bla bla bla. Siempre quejándose como una vieja.
Fdo: La hacker.
Publicar un comentario