domingo, 24 de junio de 2007

Mi Babel particular

De haber existido, estoy segura de que Babel tuvo que ser un lugar maravilloso. Al contrario de como lo pintan: caótico, el resultado de un castigo divino, creo que habría sido un paraíso de culturas donde las relaciones interpersonales barrerían cualquier obstáculo lingüístico para hermanarse mediante gestos o palabras mudas. La necesidad de comunicación es inherente en el ser humano. Cuando realmente existe el deseo de “entender” al Otro, la lengua se convierte en una nimiedad. Incluso algunos lingüistas a lo largo de la historia han considerado que la lengua es un mero vehículo incapaz de expresar todas las sensaciones y sentimientos que nos invaden, y es que quién no ha encontrado alguna vez las palabras necesarias para expresar su estado de ánimo…

Hoy, nuestro concepto de la lengua se ha diversificado en dos grandes ramas: la lengua como instrumento de comunicación (necesario para trabajar, hablar en el extranjero, hobbie..) y la lengua como arma arrojadiza (lenguas estandartes de pueblos enteros que excluyen al resto de lenguas por motivos políticos). Para mí, la lengua es motivo de orgullo y quizás puede que hasta de recelo en algunos casos, pero nunca la utilizaría como arma, no podría.

Envidio a aquellos que hablan 4, 5 idiomas sin apenas esfuerzo y son capaces de entablar conversaciones de todo tipo en cualquier lengua que no sea la materna. Aspiro a ser una de esas personas que ahora admiro, convertirme en una auténtica políglota, con la capacidad de no sólo utilizar el vehículo de la lengua sino de analizar, comprender y utilizar ese lenguaje desde la cultura en la que se creó. No es lo mismo saber hablar un idioma que entender sus expresiones, los hábitos de quiénes lo utilizan, su entorno, es decir, ser competente lingüística y culturalmente.

Como decía, imagino Babel como un lugar idílico. Lleno de humildad y riqueza emocional. Sin dinero, pero sin necesidad de él. Sin leyes, pero sin problemas. Hablaría de libertad, pero los que hemos nacido en ella desconocemos por completo el verdadero sentido de la palabra, que merece un uso mucho más consciente. Lo imagino verde, interminables prados verdes, montañas verdes... lo imagino como debió ser la tierra en algún momento antes de que la destrozásemos por completo. Y con paz, mucha paz.

Viviríamos en casas no muy grandes pero tampoco muy pequeñas. No pasaríamos frío en invierno ni calor en verano. Trabajaríamos con las manos, cultivaríamos plantas y criaríamos animales para poder comer y cada viernes por la noche se celebraría una gran fiesta a la que acudiríamos grandes y pequeños para disfrutar de la vida. Sin más. El único pequeño lujo que pediría sería una inmensa biblioteca, de estanterías de madera de roble, en la que se hiciera el eco al entrar y se apoyaran grandes escaleras a lo largo de los pasillos. Nunca se acabarían los libros y, por supuesto, todo el mundo podría acceder a este maravilloso rincón.

No muy lejos de nuestras casas se extendería una playa de fina arena blanca. Por las noches, la luz de la luna se reflejaría en el mar y la inmensidad de ambos nos robaría la respiración unos instantes para devolvérnosla en forma de profundo suspiro.


Y al llegar a mi cama, una mujer de carácter firme y olor suave, me recordaría el sentido de la vida.

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