Y un día te levantas y la vida se ha vuelto del revés. Tú ya no eres la misma de ayer ni la gente que te rodea es la misma gente. Desorientada, tanteas el espacio con las luces apagadas. Los nervios empiezan a apoderarse de tu ser y el miedo te agarrota el corazón.
Tus manos están aún calientes y tiemblan, has perdido el sentido del tacto y tienes que aprender a tocar de nuevo, a tocar con unas manos inertes, torpes. Tampoco mueves las piernas. Agarras cualquier objeto y se te escurre de las manos. El filo de los cuchillos hace incisiones en tu piel y, aunque sangras, no sientes dolor. Ellos te dicen que es mejor así, pero tú no estás tan segura. Intentas levantarte pero las piernas te fallan, apenas consigues mantener el equilibrio cuando tu culo se estampa de nuevo contra el suelo. Entonces, piensas, “se acabó”.
Te lías a puñetazos con tus sentimientos y les prohíbes acercarse. Trazas una línea roja en el suelo con pintura desteñida y les dices: “Ahora mando yo. Quien se atreva a cruzar esta señal está perdido. Sólo quiero vuestra compañía para ser humana, así que el que pretenda convertirme en animal, debe saber que no estoy dispuesta a dejarme arrastrar."
Al terminar estas palabras, te das cuenta de que tus manos no han dudado ni un segundo y han acompañado cada uno de tus movimientos respondiendo a tu fuerza interior. Hay un halo que las envuelve, tiene forma de manos, más pequeñas que las tuyas, con dedos rechonchos, pero cálidas, serenas, amantes.
Empiezas a mirarte en el espejo. Antes huías de tu propio reflejo por miedo a mirarte, a verte. Ahora te miras fijamente a los ojos. Apartas la mirada de vez en cuando pero sólo cuando se desenfoca tu vista y vuelta a empezar. Examinas todas las partes de tu cuerpo y te das cuenta de cómo las heridas van cicatrizando sin dejar huella. Sólo una no termina de cerrarse y presientes que esa sí te marcará, pero no te preocupa. Está bien escondida y sólo la verá quien tú desees. Así que te quitas las vendas y dejas que se cure al aire libre.
Ella necesita respirar y tú también.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
2 comentarios:
Nena, siento muchisimo comunicarte que por mucha voluntad que le eches somos incapaces de mantener escondidas las heridas que no cicatrizan, queramos o no, una herida sin cicatrizar huele mal, y basta con que quienes se nos acerquen tenga el olfato un poquito desarrollado para que se den cuenta de que algo no huele bien. Incluso los hay que son capaces de descubrirnos las cicatrices antes de que decidamos mostrarselas.
Pero, ¿qué importa?. Lo importante es que estas ocupandote de tus heridas y cuidando de ti.
Un besote guapa
Dedos rechonchos... dedos rechonchos... fijo fijísimo que pertenecen a algún hada que se ha pasado con los bocadillos de chorizo a las seis de la madrugada!
Publicar un comentario