martes, 26 de junio de 2007

Búscome

La lucha

Y un día te levantas y la vida se ha vuelto del revés. Tú ya no eres la misma de ayer ni la gente que te rodea es la misma gente. Desorientada, tanteas el espacio con las luces apagadas. Los nervios empiezan a apoderarse de tu ser y el miedo te agarrota el corazón.

Tus manos están aún calientes y tiemblan, has perdido el sentido del tacto y tienes que aprender a tocar de nuevo, a tocar con unas manos inertes, torpes. Tampoco mueves las piernas. Agarras cualquier objeto y se te escurre de las manos. El filo de los cuchillos hace incisiones en tu piel y, aunque sangras, no sientes dolor. Ellos te dicen que es mejor así, pero tú no estás tan segura. Intentas levantarte pero las piernas te fallan, apenas consigues mantener el equilibrio cuando tu culo se estampa de nuevo contra el suelo. Entonces, piensas, “se acabó”.

Te lías a puñetazos con tus sentimientos y les prohíbes acercarse. Trazas una línea roja en el suelo con pintura desteñida y les dices: “Ahora mando yo. Quien se atreva a cruzar esta señal está perdido. Sólo quiero vuestra compañía para ser humana, así que el que pretenda convertirme en animal, debe saber que no estoy dispuesta a dejarme arrastrar."

Al terminar estas palabras, te das cuenta de que tus manos no han dudado ni un segundo y han acompañado cada uno de tus movimientos respondiendo a tu fuerza interior. Hay un halo que las envuelve, tiene forma de manos, más pequeñas que las tuyas, con dedos rechonchos, pero cálidas, serenas, amantes.

Empiezas a mirarte en el espejo. Antes huías de tu propio reflejo por miedo a mirarte, a verte. Ahora te miras fijamente a los ojos. Apartas la mirada de vez en cuando pero sólo cuando se desenfoca tu vista y vuelta a empezar. Examinas todas las partes de tu cuerpo y te das cuenta de cómo las heridas van cicatrizando sin dejar huella. Sólo una no termina de cerrarse y presientes que esa sí te marcará, pero no te preocupa. Está bien escondida y sólo la verá quien tú desees. Así que te quitas las vendas y dejas que se cure al aire libre.

Ella necesita respirar y tú también.

domingo, 24 de junio de 2007

Próxima estación:...

“Próxima estación: …” Desperté soñolienta, abotargada y cansada del eterno viaje. Había pasado las últimas dos horas apoyada en mi jersey sin apenas darme cuenta de que no ocupaba mi cama, sino un incómodo asiento de un tren bastante destartalado. Abrí los ojos y los rayos de luz me obligaron a entrecerrarlos de nuevo, ayudándoles así a que se habituaran a la luz, el color y la vida que parecía estar en ebullición fuera de aquel vagón infernal. Un bebé comenzó a llorar en los brazos de su madre y deseé no estar allí. El hombre que ocupaba el asiento de al lado empezó a inquietarse con el traqueteo constante y alarmante del tren al frenar. No había decidido bajarme allí, ni siquiera tenía una idea clara de cuál era mi destino, pero algo me obligó a agarrar mi mochila de cualquier manera y saltar precipitadamente del tren, incluso antes de que hubiese frenado por completo.

Suspiré aliviada y respiré el oxígeno helado que allí me esperaba. A mi alrededor, una vieja y sucia estación de escalones desgastados y una pequeña caseta de madera que hacía las veces de refugio para el único guarda que allí se encontraba. Era un hombre de unos sesenta años, pelo blanco y gorra roja. Bajo aquellas vestimentas reglamentarias se encontraba un cuerpo bien formado, que daba cuenta del buen pasado que había vivido. Observé cómo encendía un cigarro e inhalaba profundamente sin percatarse de mi presencia. Justo cuando dirigió su perspicaz mirada hacia mi, algo llamó mi atención. Unos niños gritaban excitados haciendo un semicírculo frente a una pared de la estación. Lanzaban piedras y reían a carcajadas, chillaban y corrían de un lado a otro en busca de más armas. Me aproximé apresuradamente dando grandes zancadas y vi presa de la ira cómo la inocente víctima de aquellos bastardos era un perro viejo, que trataba de zafarse de las piedras tapándose tumbado en el suelo o corriendo de un lado para otro buscando una salida que aquellos demonios no le proporcionaban. No recuerdo qué grité y dudo que ellos me entendieran entre tanto jaleo, sólo sé que tras aquel grito, agarré el brazo del niño que estaba más a mi alcance y lo lancé contra el suelo con una fuerza descontrolada. El resto de niños salieron corriendo y gritando cosas ininteligibles. El que sufrió mi rabia, se levantó como pudo y se fue corriendo con una leve cojera sin mediar palabra.

El animal trató de evitarme pero se encontraba ya demasiado débil para huir. Así que tras comprobar que yo no iba a hacerle daño, se dejó hacer. Con las manos temblorosas, examiné las numerosas heridas de su cuerpo y mascullé algún insulto. Miré hacia los lados y vi una chica que, según me dijo después, había presenciado toda la escena. Se acercó presintiendo mi necesidad de ayuda y me indicó dónde podíamos llevar al perro. Lo cogí en brazos y nos dirigimos lo más deprisa que mis piernas me permitían hacia una calle empinada. Pocos minutos después, se paró. Para mi sorpresa, no fuimos a un veterinario, sino a una casa con un gran portón rojo, de madera y muy ajado. Las paredes que lo rodeaban eran de un blanco inmaculado, lo que hacía que la enorme puerta destacara exageradamente, dándole un aire casi irreal. Estaba abierta de par en par, así que me limité a seguir a mi acompañante. Al entrar, la oscuridad me abofeteó y tuve que pararme en seco para saber por dónde iba. “Aquí”, oí a lo lejos. Seguí la voz y entré en una pequeña estancia en la que esperaba un hombre de barba descuidada y grandes manos trabajadas. Me señaló con un leve gesto dónde podía depositar aquel cuerpo magullado. Lo hice con mucho cuidado y me aparté esperando la reacción de aquellos desconocidos. La joven me cogió levemente de la cintura y me guió hacia otra habitación. “No te preocupes, ahora él se encargará de todo.” El pasillo, ancho para ser de una casa humilde, carecía de ningún tipo de adorno en las paredes, sólo era interrumpido por una coqueta vieja, que ocupaba la mitad del espacio y obligaba a pasar con cuidado debido a la estrechez que provocaba. No había reparado en ella hasta ese momento, aunque un minuto antes había pasado por aquel lugar con el animal en mis brazos. Al final del pasillo, una estancia que parecía hacer las veces de aseo. Pulcra pero casi vacía. Una palangana amarilla sobre un saliente de la pared fue donde sumergí mis manos, y entonces me di cuenta de que estaban ensangrentadas. Temblaba. “Je m’appelle Dominique” dijo mientras me quitaba la pesada mochila de los hombros, con tanta soltura que pareció existir una confianza plena entre nosotras. Su voz era sensual, y por primera vez en aquellos agitados minutos, me fijé en su rostro. Llevaba el pelo negro recogido y sonreía. Sus ojos, intensos y del color de la miel, su nariz, grande para ser de una mujer, le imponía carácter, su boca, generosa de formas perfectas y sus pómulos, infinitamente femeninos. “Je suis Francesca” contesté consciente por primera vez del idioma. Me acercó una pequeña toalla y me sequé en ella.

Mi Babel particular

De haber existido, estoy segura de que Babel tuvo que ser un lugar maravilloso. Al contrario de como lo pintan: caótico, el resultado de un castigo divino, creo que habría sido un paraíso de culturas donde las relaciones interpersonales barrerían cualquier obstáculo lingüístico para hermanarse mediante gestos o palabras mudas. La necesidad de comunicación es inherente en el ser humano. Cuando realmente existe el deseo de “entender” al Otro, la lengua se convierte en una nimiedad. Incluso algunos lingüistas a lo largo de la historia han considerado que la lengua es un mero vehículo incapaz de expresar todas las sensaciones y sentimientos que nos invaden, y es que quién no ha encontrado alguna vez las palabras necesarias para expresar su estado de ánimo…

Hoy, nuestro concepto de la lengua se ha diversificado en dos grandes ramas: la lengua como instrumento de comunicación (necesario para trabajar, hablar en el extranjero, hobbie..) y la lengua como arma arrojadiza (lenguas estandartes de pueblos enteros que excluyen al resto de lenguas por motivos políticos). Para mí, la lengua es motivo de orgullo y quizás puede que hasta de recelo en algunos casos, pero nunca la utilizaría como arma, no podría.

Envidio a aquellos que hablan 4, 5 idiomas sin apenas esfuerzo y son capaces de entablar conversaciones de todo tipo en cualquier lengua que no sea la materna. Aspiro a ser una de esas personas que ahora admiro, convertirme en una auténtica políglota, con la capacidad de no sólo utilizar el vehículo de la lengua sino de analizar, comprender y utilizar ese lenguaje desde la cultura en la que se creó. No es lo mismo saber hablar un idioma que entender sus expresiones, los hábitos de quiénes lo utilizan, su entorno, es decir, ser competente lingüística y culturalmente.

Como decía, imagino Babel como un lugar idílico. Lleno de humildad y riqueza emocional. Sin dinero, pero sin necesidad de él. Sin leyes, pero sin problemas. Hablaría de libertad, pero los que hemos nacido en ella desconocemos por completo el verdadero sentido de la palabra, que merece un uso mucho más consciente. Lo imagino verde, interminables prados verdes, montañas verdes... lo imagino como debió ser la tierra en algún momento antes de que la destrozásemos por completo. Y con paz, mucha paz.

Viviríamos en casas no muy grandes pero tampoco muy pequeñas. No pasaríamos frío en invierno ni calor en verano. Trabajaríamos con las manos, cultivaríamos plantas y criaríamos animales para poder comer y cada viernes por la noche se celebraría una gran fiesta a la que acudiríamos grandes y pequeños para disfrutar de la vida. Sin más. El único pequeño lujo que pediría sería una inmensa biblioteca, de estanterías de madera de roble, en la que se hiciera el eco al entrar y se apoyaran grandes escaleras a lo largo de los pasillos. Nunca se acabarían los libros y, por supuesto, todo el mundo podría acceder a este maravilloso rincón.

No muy lejos de nuestras casas se extendería una playa de fina arena blanca. Por las noches, la luz de la luna se reflejaría en el mar y la inmensidad de ambos nos robaría la respiración unos instantes para devolvérnosla en forma de profundo suspiro.


Y al llegar a mi cama, una mujer de carácter firme y olor suave, me recordaría el sentido de la vida.