jueves, 5 de julio de 2007

Impulsos

Creo que me estoy trastornando, o quizás, simplemente, siempre haya sido así y ahora esté saliendo todo a la luz…

Hoy me han dicho algo que me ha jodido bastante y aunque no es nada que no tenga solución, me ha molestado mucho. Eso me ha obligado a buscar una vía de escape rápida y me ha llevado a esto…

Cuando me he querido dar cuenta, estaba mirando billetes de AVE para irme a ver a alguien. Había pensado ir y venir en la misma tarde… No sé qué me pasa, pero cuando menos me lo espero, me sorprendo a mí misma con alguna locura de estas y, sinceramente, si no lo hago es porque sé que Pepita Grilla me acecharía hasta el final de los días… o porque en el fondo soy una cobarde.

Ufff... esto es un completo desastre. Ayer estuve con ella y…bueno… cuando quiere es un encanto. Tras unos cuantos mensajes, me llamó para que nos viéramos y volé, literalmente volé. ¿Por qué? Eso ya es otra historia. Sé que necesito emociones que llenen el vacío que dejan las grandes decepciones. Sé que mis sentimientos son tan contradictorios que a veces ni yo misma alcanzo a entender mis propias razones. Sé que ella no es la única. Sé que no soy precisamente la estabilidad en persona desde hace meses y que me había convertido en la sombra de lo que fui, pero hoy puedo decir que me siento mucho mejor.

Me encanta su mirada, su olor, la forma tan sensual y femenina que tiene de moverse, sus manos, su sentido del humor tan absurdo y su forma de dejarme a veces sin palabras con cualquier comentario respecto a mí. Pocas personas han conseguido eso. Sin embargo, no la conozco. Lo poco o mucho que me ha dejado ver de ella, me inquieta en algunas ocasiones, en otras no.

Cuando llegó la hora de irse, me quedé con ganas de seguir juntas. Alguien que me conoce a la perfección, dice que lo que siento se debe fundamentalmente a su físico, que es fruto de una atracción, a la que yo añadiría el adjetivo de desmedida. He conocido a mujeres guapísimas a las que no dejaría ni rozarme la mano, así que me niego a creer que ese sea mi mayor motor con respecto a ella...o sí…

Voy a buscar otra alternativa para desahogarme...

miércoles, 4 de julio de 2007

Tensa

Y hablando de la tensión sexual como bien ha mencionado sinfonía agridulce en uno de sus comentarios, ¿de qué se trata exactamente y por qué nos sucede?

He llegado a experimentar esa sensación con personas que no me atraían en absoluto. Pero cuando estaba con ellas, notaba cómo esa tensión iba en aumento si nos quedábamos a solas, sin saber muy bien por qué. En algunas ocasiones me incomodaba hasta tal punto que prefería no quedar con ellas a menos que alguien más decidiera acompañarnos.

Este es el caso de alguien que, por circunstancias diversas, ya no está en mi vida. Durante años intenté evitar estar sola con ella, sin embargo, mi ex me empujaba a que nos viéramos ya que era su mejor amiga. Yo, acepté al principio, aunque según la iba conociendo más me negaba categóricamente alegando que estaba cansada, me dolía la cabeza, etc, etc. Mi ex solía decirme “Qué rarita eres, hija” y yo, mientras tanto, pensando que si ella hubiera sabido el verdadero motivo de mi negativa, me habría dejado tranquila. ¿Pero cómo explicas a tu pareja que su mejor amiga y tú tenéis a veces tanta tensión sexual entre vosotras que se podría cortar con un cuchillo? Aunque ésta era más de las de látigo…

Luego, claro, está la tensión sexual con las ex parejas, ex rollos, ex etcétera etcétera. Este tipo de tensión es diferente, teniendo en cuenta el grado intensidad de la relación entre ambas y si hay o no sentimientos por cualquiera de las partes. No voy a entrar en discusión en este tipo de tensión.

Y, last but not least, la tensión sexual entre “amigas”, la cual es relativamente alta pero puede llegar a ignorarse (con esfuerzo, eso sí). Vamos, la que hemos vivido todas en algún momento de nuestras vidas. Es un: “SÍ, me metería en la cama contigo, te echaría un polvo detrás de otro hasta que mi cuerpo no diera más de sí durante el fin de semana y dormiría abrazada contigo por las noches, pero NO, porque somos amigas”. Y entonces tú piensas: “Las amigas no se desean sexualmente, ¿no? Vamos a follar y déjate de tonterías.” Pero contestas muy diplomáticamente: “No, si yo te entiendo a la perfección. Algo tan importante como lo que tenemos tú y yo no lo vamos a estropear metiéndonos en la cama hasta altas horas de la madrugada…”.

En fin, que acabas solita y desamparada en las sábanas de la misma cama de todos los días y pensando que ojalá fueras un objeto sexual y pudieras ligarte hasta a la mismísima Aitana Sánchez-Gijón (mi diosa particular).

Profundo, ¿verdad?

martes, 3 de julio de 2007

Whenever I'm down, I call on you, my friend

Él

Me gusta ser amiga de hombres heteros. Cuando un hetero se hace tu amigo, nace un vínculo especial, inexplicable. Algunos hasta llegan a atraerme. Me divierte hablar sobre las mujeres con ellos, al principio son comedidos (por lo menos así han sido mis experiencias) y esperan a observar tu forma de expresarte. El sábado estuve con Hugo, uno de los pocos hombres de mi vida. Tenía muchas ganas de verle y descubrí con gran satisfacción que a él le pasaba lo mismo. Es de las personas que inspiran gran respeto cuando no se les conoce bien, con esa apariencia sobria y distante que parece tener, la cual se convierte en el envoltorio de una personalidad generosa por naturaleza, tranquila, divertida y abrazable, muy abrazable. Muy guapo (como de costumbre) y bastante bebido, así estaba cuando lo encontré.

Con él puedes alternar en una misma noche copas, risas, sentimientos, problemas, tristezas y alegrías. Siempre escucha, respeta y opina con el mayor cuidado posible. El sábado por la noche, compartimos unas horas en las que se sucedieron comentarios sobre nosotros y la vida en general, la música, la boda de uno de nuestros amigos y el viaje a Perú que nos gustaría hacer. A veces, sentía su mirada sobre mí, me giraba hacia él y ahí estaba, ofreciéndome bebida, un porro o simplemente acercándose para hablar. Nunca le había visto bailar, tenía su gracia.

Tras meses de amistad, esa noche me sentí más orgullosa de él que de costumbre. Supongo que salir de nuestro hábitat (es decir, su casa, sieeeeeempre quedamos en su casa) me ayudó a experimentar esa sensación nueva. En algunos momentos de mi vida, he conocido a personas que me han hecho sentir feliz sólo por ser mis amigos. Él es una de esas personas. Creo que hemos adoptado el rol de psicólogos el uno con el otro, y me encanta. Al principio quedábamos para cenar y tomar unas copas, luego empecé a llegar un poco antes a su casa para hacer la compra juntos y ahora comemos juntos (yo hago la comida), nos tumbamos cómodamente en nuestro diván rojo (es imposible estar sentada en ese sofá) y empezamos a hablar. Fumamos, reímos y nos sinceramos. Luego viene la cena, y cuando mi cuerpo ya no aguanta más, me marcho y me despido en medio de un sinfín de besos y abrazos. El sábado me pidió disculpas por no haber podido estar solos la última vez que nos vimos: su hermano se presentó sin avisar y fue una velada de a tres, que se convirtió en de a 5 unas horas después… ¿Quién pide disculpas porque su hermano aparezca a la hora de comer?

Me alegro de haberle conocido.

martes, 26 de junio de 2007

Búscome

La lucha

Y un día te levantas y la vida se ha vuelto del revés. Tú ya no eres la misma de ayer ni la gente que te rodea es la misma gente. Desorientada, tanteas el espacio con las luces apagadas. Los nervios empiezan a apoderarse de tu ser y el miedo te agarrota el corazón.

Tus manos están aún calientes y tiemblan, has perdido el sentido del tacto y tienes que aprender a tocar de nuevo, a tocar con unas manos inertes, torpes. Tampoco mueves las piernas. Agarras cualquier objeto y se te escurre de las manos. El filo de los cuchillos hace incisiones en tu piel y, aunque sangras, no sientes dolor. Ellos te dicen que es mejor así, pero tú no estás tan segura. Intentas levantarte pero las piernas te fallan, apenas consigues mantener el equilibrio cuando tu culo se estampa de nuevo contra el suelo. Entonces, piensas, “se acabó”.

Te lías a puñetazos con tus sentimientos y les prohíbes acercarse. Trazas una línea roja en el suelo con pintura desteñida y les dices: “Ahora mando yo. Quien se atreva a cruzar esta señal está perdido. Sólo quiero vuestra compañía para ser humana, así que el que pretenda convertirme en animal, debe saber que no estoy dispuesta a dejarme arrastrar."

Al terminar estas palabras, te das cuenta de que tus manos no han dudado ni un segundo y han acompañado cada uno de tus movimientos respondiendo a tu fuerza interior. Hay un halo que las envuelve, tiene forma de manos, más pequeñas que las tuyas, con dedos rechonchos, pero cálidas, serenas, amantes.

Empiezas a mirarte en el espejo. Antes huías de tu propio reflejo por miedo a mirarte, a verte. Ahora te miras fijamente a los ojos. Apartas la mirada de vez en cuando pero sólo cuando se desenfoca tu vista y vuelta a empezar. Examinas todas las partes de tu cuerpo y te das cuenta de cómo las heridas van cicatrizando sin dejar huella. Sólo una no termina de cerrarse y presientes que esa sí te marcará, pero no te preocupa. Está bien escondida y sólo la verá quien tú desees. Así que te quitas las vendas y dejas que se cure al aire libre.

Ella necesita respirar y tú también.

domingo, 24 de junio de 2007

Próxima estación:...

“Próxima estación: …” Desperté soñolienta, abotargada y cansada del eterno viaje. Había pasado las últimas dos horas apoyada en mi jersey sin apenas darme cuenta de que no ocupaba mi cama, sino un incómodo asiento de un tren bastante destartalado. Abrí los ojos y los rayos de luz me obligaron a entrecerrarlos de nuevo, ayudándoles así a que se habituaran a la luz, el color y la vida que parecía estar en ebullición fuera de aquel vagón infernal. Un bebé comenzó a llorar en los brazos de su madre y deseé no estar allí. El hombre que ocupaba el asiento de al lado empezó a inquietarse con el traqueteo constante y alarmante del tren al frenar. No había decidido bajarme allí, ni siquiera tenía una idea clara de cuál era mi destino, pero algo me obligó a agarrar mi mochila de cualquier manera y saltar precipitadamente del tren, incluso antes de que hubiese frenado por completo.

Suspiré aliviada y respiré el oxígeno helado que allí me esperaba. A mi alrededor, una vieja y sucia estación de escalones desgastados y una pequeña caseta de madera que hacía las veces de refugio para el único guarda que allí se encontraba. Era un hombre de unos sesenta años, pelo blanco y gorra roja. Bajo aquellas vestimentas reglamentarias se encontraba un cuerpo bien formado, que daba cuenta del buen pasado que había vivido. Observé cómo encendía un cigarro e inhalaba profundamente sin percatarse de mi presencia. Justo cuando dirigió su perspicaz mirada hacia mi, algo llamó mi atención. Unos niños gritaban excitados haciendo un semicírculo frente a una pared de la estación. Lanzaban piedras y reían a carcajadas, chillaban y corrían de un lado a otro en busca de más armas. Me aproximé apresuradamente dando grandes zancadas y vi presa de la ira cómo la inocente víctima de aquellos bastardos era un perro viejo, que trataba de zafarse de las piedras tapándose tumbado en el suelo o corriendo de un lado para otro buscando una salida que aquellos demonios no le proporcionaban. No recuerdo qué grité y dudo que ellos me entendieran entre tanto jaleo, sólo sé que tras aquel grito, agarré el brazo del niño que estaba más a mi alcance y lo lancé contra el suelo con una fuerza descontrolada. El resto de niños salieron corriendo y gritando cosas ininteligibles. El que sufrió mi rabia, se levantó como pudo y se fue corriendo con una leve cojera sin mediar palabra.

El animal trató de evitarme pero se encontraba ya demasiado débil para huir. Así que tras comprobar que yo no iba a hacerle daño, se dejó hacer. Con las manos temblorosas, examiné las numerosas heridas de su cuerpo y mascullé algún insulto. Miré hacia los lados y vi una chica que, según me dijo después, había presenciado toda la escena. Se acercó presintiendo mi necesidad de ayuda y me indicó dónde podíamos llevar al perro. Lo cogí en brazos y nos dirigimos lo más deprisa que mis piernas me permitían hacia una calle empinada. Pocos minutos después, se paró. Para mi sorpresa, no fuimos a un veterinario, sino a una casa con un gran portón rojo, de madera y muy ajado. Las paredes que lo rodeaban eran de un blanco inmaculado, lo que hacía que la enorme puerta destacara exageradamente, dándole un aire casi irreal. Estaba abierta de par en par, así que me limité a seguir a mi acompañante. Al entrar, la oscuridad me abofeteó y tuve que pararme en seco para saber por dónde iba. “Aquí”, oí a lo lejos. Seguí la voz y entré en una pequeña estancia en la que esperaba un hombre de barba descuidada y grandes manos trabajadas. Me señaló con un leve gesto dónde podía depositar aquel cuerpo magullado. Lo hice con mucho cuidado y me aparté esperando la reacción de aquellos desconocidos. La joven me cogió levemente de la cintura y me guió hacia otra habitación. “No te preocupes, ahora él se encargará de todo.” El pasillo, ancho para ser de una casa humilde, carecía de ningún tipo de adorno en las paredes, sólo era interrumpido por una coqueta vieja, que ocupaba la mitad del espacio y obligaba a pasar con cuidado debido a la estrechez que provocaba. No había reparado en ella hasta ese momento, aunque un minuto antes había pasado por aquel lugar con el animal en mis brazos. Al final del pasillo, una estancia que parecía hacer las veces de aseo. Pulcra pero casi vacía. Una palangana amarilla sobre un saliente de la pared fue donde sumergí mis manos, y entonces me di cuenta de que estaban ensangrentadas. Temblaba. “Je m’appelle Dominique” dijo mientras me quitaba la pesada mochila de los hombros, con tanta soltura que pareció existir una confianza plena entre nosotras. Su voz era sensual, y por primera vez en aquellos agitados minutos, me fijé en su rostro. Llevaba el pelo negro recogido y sonreía. Sus ojos, intensos y del color de la miel, su nariz, grande para ser de una mujer, le imponía carácter, su boca, generosa de formas perfectas y sus pómulos, infinitamente femeninos. “Je suis Francesca” contesté consciente por primera vez del idioma. Me acercó una pequeña toalla y me sequé en ella.